
Cuantas veces hemos oído decir aquello de que " el trabajo dignifica a las personas ", sin embargo en las culturas clásicas de la Antigüedad el trabajo remunerado era considerado indigno para los hombres. A diferencia de nuestra sociedad donde el trabajo es la clave para lograr un nivel de vida aceptable -especialmente en tiempos de crisis económica y sólo para un determinado sector social-; para la mayor parte de los filósofos griegos y romanos el hecho de trabajar no estaba bien considerado ni era apreciado. Para la clase política actual, en general, parece que tampoco.
Para los antiguos romanos lo importante era tener propiedades o haciendas -eso parece seguir igual-. No es que consideraran despreciable el trabajo en sí mismo, sino que veían indigno verse obligados a trabajar para sobrevivir. Y cuando esto ocurría el objetivo era el de reunir un patrimonio que les permitiera vivir lo más ociosos posible. Anteriormente a Roma, uno de los iconos de la cultura griega como Platón afirmaba que una ciudad bien gobernada debía mantenerse por el trabajo rural de los esclavos y por el trabajo artesanal de los hombres de poca monta, para sostener a las vidas virtuosas, cuya característica fundamental era el ocio. Es decir, la ociosidad llevaba a poseer el tiempo suficiente para pensar, los virtuosos tenían mucho tiempo para pensar y eso les permitía decidir cómo gestionar mejor, qué hacer en cada momento en el crecimiento de una polis, crear mejoras generales para el ciudadano. Ahora en nuestro tiempo hemos puenteado la ecuación, ya no es dinero+ociosidad+tiempo= grandes ideas, ahora es dinero+ociosidad+tiempo= más inútiles sentados en sillones y despachos generando péridas económicas entre sueldos y partidas varias.
Ahora, muchos siglos de historia después, posiblemente debería aplicarse esta máxima y pretender que en los oficios públicos se instalaran virtuosos personajes sin necesidad de medrar. Parece lógico pensar que para gestionar una empresa hay que poseer ciertas capacidades, así pues para gestionar una empresa mayor (dígase estado, ministerio, comunidad autónoma y/o ayuntamiento) hacen falta unas mayores capacidades.
Durante toda la historia, en especial a partir de este pasado siglo, parece ser que la política ha llegado a su más alto grado de profesionalización. Un chaval de veinti-pocos te puede vacilar mientras te dice: “ usted no tiene ni idea de política. Yo estoy haciendo ciencias políticas”, a lo que yo me pregunto: ¿estos serán los alcaldes y presidentes del día de mañana?, ¿saben lo que es el respeto y la honradez?, ¿tienen una asignatura de ética personal y profesional?.
Miles de políticos no tuvieron que hacer esa carrera para dejar una huella imborrable en la historia. Si alguien se atreve, que me comparen a alguno de los canta-aleluyas de nuestro siglo XXI con aquel leñador inculto e ignorante llamado Abraham Lincoln.
Como dice Juan Antonio Bolea, quien fué primer presidente preautonómico de la diputación general de Aragón (1.971-1.988): “La política se ha profesionalizado y los brillantes ya no tienen entrada ni cabida”.
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